Elena Bargues

Escenario: La ciudad

La acción transcurre en la ciudad de Santander en el año 1876. Por esta razón, el lector no reconocerá ni encontrará en los planos o en Google Earth muchas de las calles mencionadas. En febrero de 1941, la ciudad, durante un día de viento sur, sufrió uno de los peores incendios que se recuerdan en la historia. Asoló el centro histórico y quedaron en pie los edificios de piedra como la catedral, la iglesia de la Compañía y el Instituto de Santa Clara, que se citan en la novela.

Perdura, asimismo, la calle del Puente, aunque ya no existe el puente que diera lugar a la designación, que partía de la Plaza Vieja, cruzaba lo que hoy día es la calle Calvo Sotelo y llegaba hasta la torre de la catedral, que conserva el pasadizo por debajo de la torre para acceder a la actual plaza del Obispo, que sustituye a lo que fuera el inicio de la Rúa Mayor.

Marcado en negro la zona que se quemó.

Dicen que no hay mal que por bien no venga, así que se aprovechó el incendio para remodelar el trazado urbano y abrir dos vías de comunicación entre el centro y la plaza de las Estaciones o la bahía, por lo que se demolió parte de la loma que impedía el acceso directo y se abrieron las calles actuales de Lealtad e Isabel II. Este desmonte se puede apreciar si nos situamos en la calle trasversal de Emilio Pino, el alcalde artífice de esta obra, y observamos la escalinata de acceso a la plaza del Obispo a un lado y la escalinata de acceso a la actual Rúa Mayor —lo que queda de ella, pues la mayor parte se perdió con la demolición— en el lado opuesto.

Sin embargo, la Cuesta del Hospital y de Garmendia, situadas frente al ayuntamiento, con todo el caserío hasta la calle de Rúa Mayor o calle Alta, han perdurado casi intactas hasta nuestros días y nos permite hacernos una idea de la estrechez de las calles y de lo que el fuego consumió.

LOS BAÑOS DE OLA: Los comienzos de EL SARDINERO, zona de playas.

Es complicado hacerse una idea sobre cómo era nuestra ciudad en el pasado. El Sardinero no sufrió un incendio, pero tampoco lo imaginamos como un lugar agreste que, poco a poco, fue urbanizándose. ¿Cómo era cuando no se habían construido los edificios que hoy día lo convierten en un lugar de referencia veraniega?

Gran Hotel y estación del tranvía de Gandarillas en el Sardinero.

Primera playa del Sardinero. Balneario y Gran Casino.

Casino en primer plano y, a continuación, fondas y hoteles en el Sardinero.

 

 

 

 

 

 

 

El Sardinero. El Casino ha sufrido la segunda remodelación y ha perdido el aire clásico del primero. No hay villas, sólo fondas y hoteles.

 

 

 

El camino costero al Sardinero. La península de La Magdalena es todavía un montículo rocoso donde se asienta el fuerte de La Cerda y el semáforo.

 

 

 

 

El camino costero ya habilitado para el paso del tranvía sobre raíles y no tirado por mulas.

 

 

 

 

 

 

 

LA ISLA DE SANTA MARINA O JORGANES

Se levantó en la isla una ermita dedicada a Santa Marina. En 1407 Pedro de Hoznayo (o Pedro Gutiérrez de Hoznayo) fundó en la isla el primer monasterio jerónimo de Cantabria, cerca de las ruinas de la ermita de Santa Marina. De dicho monasterio dependía la iglesia de Santa María de Latas, de la que el propio Pedro era arcipreste.​ Sin embargo la dureza de la vida en la isla, azotada y aislada por los temporales en invierno, obligó a los monjes a abandonarla para fundar un nuevo monasterio de Corbán. Santa Marina no quedó abandonada, ya que Pedro de Hoznayo vivió allí hasta su muerte, siendo

La playa de la isla desde el mirador de los Tranquilos

enterrado en ella, en un sepulcro cubierto con una losa con su efigie. Una vez el monasterio quedó en ruinas, el sepulcro y los restos de su fundador fueron trasladados a Corbán. Del monasterio en la actualidad solo quedan restos de las tapias de la huerta y de las antiguas edificaciones. En el siglo XVII la isla pasó a manos de los Jorganes, sus propietarios actuales.

ESCRITORIO DE LA NAVIERA:

«En cuanto tomaron la acera del Ensanche, detectaron movimiento frente a su casa. No era nada extraño que hubiera actividad, pues recibían y vendían género constantemente. Llegaron al portal, en cuyo bajo se ubicaba la lonja, en el primer piso el escritorio de la empresa naviera familiar y el resto del edificio se reservaba a la vivienda de la familia y del servicio.»

 

«Abrió una de las ventanas que daban a la bahía y comprobó que ya había anochecido. La luna rompía la noche, ayudada por los fanales de los barcos que indicaban su posición. Respiró profundamente el aire del mar y expiró en un intento de serenarse. Nada conseguiría si dejaba que el pánico se adueñara de su persona.»

Elena Bargues